Cuando alguien permanece sin haber estado.
Una reflexión sobre esas personas que apenas forman parte de nuestra historia y, sin embargo, permanecen en algún lugar interior.
Hay personas que apenas han formado parte de nuestra vida y, sin embargo, permanecen en algún lugar interior.
No sabemos muy bien por qué. Quizá las hemos visto durante años sin llegar a conocerlas de verdad. Quizá pertenecen a un paisaje antiguo: un barrio, una calle, una etapa de la infancia, una época que ya no existe del mismo modo. No hay una historia suficiente que explique lo que sentimos, pero algo de ellas vuelve de vez en cuando.
A veces lo llamamos atracción. Otras veces es curiosidad, memoria, deseo, reconocimiento o una imagen que hemos ido construyendo sin darnos cuenta. Puede que no estemos mirando solamente a la persona real, sino también a todo lo que hemos colocado alrededor de ella.
¿Qué queremos conocer cuando queremos acercarnos a alguien que ha permanecido tanto tiempo a cierta distancia?
Tal vez queremos saber si aquello que sentimos tiene un lugar en la realidad, comprobar si existe algo más allá de lo visual, de lo imaginado o de lo que hemos conservado durante años. O quizá solo necesitamos sentarnos delante de esa persona, hablar y observar lo que nuestro interior nos dice.
Un café podría parecer un gesto sencillo. Dos personas sentadas, una conversación, un rato compartido. Pero a veces detrás de un gesto así hay mucho más: el deseo de distinguir entre la persona y la imagen, entre la resonancia y la proyección, entre lo que realmente ocurre y lo que hemos estado imaginando en nuestro interior.
También puede ocurrir que no haya una profundidad escondida. Que el vínculo no tenga una explicación especial. Que parte de su fuerza proceda precisamente de no haber sido vivido, de haberse mantenido abierto, protegido por la distancia y por todo lo que todavía puede imaginarse.
No todo lo que nos atrae pide convertirse en una historia. Algunas cosas piden ser comprendidas. Otras solo necesitan ser reconocidas para que podamos dejar de confundirlas con una respuesta.
Quizá acercarse no consiste en descubrir qué significa la otra persona para nosotros, sino en mirar con honestidad qué parte de nosotros ha estado buscando algo en ella.
Hay vínculos que no se aclaran cuando encontramos una explicación. A veces se vuelven más verdaderos cuando dejamos de exigirles una.
¿Qué estás intentando comprender de ti cuando piensas tanto en alguien?